Obra inédita

OCEANARIO DE LISBOA
(LOCUS AMOENUS)


Tal vez para el proyecto solamente
se atendieron criterios de índole científica
o dictados quizá para un servicio
completamente funcional y práctico.
O tal vez no, y entre los arquitectos
que entonces afrontaron su diseño
alentara un propósito humanista
de serena armonía o de equilibrio antiguo.

El caso es que hoy, para el fugaz viajero
(siempre que esté avisado y se prevenga
de las horas en punta y del ruidoso tráfico
que el turismo voraz provoca a veces)
se ofrece un recorrido sosegado,
con instantes de asombro
a los que se suceden, ponderados,
momentos de silencio y de reposo.

Se ha pensado un lugar, sin duda, ameno
(en su Libro XIV San Isidoro dixit)
que ha reducido en uno a todos los océanos,
a la manera clásica de Homero y de Teócrito.
Y así, como si todo respondiera
a un pacto inverosimil,
extraño a los principios de la Naturaleza,
el acuario despliega ante nosotros
un espacio diverso que sugiere
el paraje ideal de los retóricos:
un mundo en que, minúscula, la vida
reproduce el latido de múltiples especies
que conviven, pacíficas, ajenas a su origen
de litoral distante o de fondo marino;
y donde, transparente, el universo,
en el tanque central alcanza un orden
de líquidos paisajes plateados, perfecto,
circular e infinito.

Pero igual que sucede en los poemas
de Estacio, de Virgilio o Tiberiano
cuyas regiones sólo se ensombrecen
con la fatalidad precisa de la muerte,
también aquí ha querido la fortuna
romper, inesperada, el equilibrio
celeste del paisaje:
una quiebra en la danza de los peces,
un movimiento súbito del agua,
un impulso rebelde, un mordisco certero
y una mancha de sangre que propaga,
espesa, la traición al plan previsto.
Otro nuevo fracaso de la alianza
entre el mundo y los dioses.



MIRADOR DE MIGUEL ÁNGEL.
(LA NOBLEZA DEL ESPÍRITU)


Apenas a unos pasos del centro bullicioso
y paralela al curso que va marcando el río,
la ciudad nos conduce, ahora reservada,
entre viejos palacios y restauradas villas;
palacios señoriales ya vacíos
de vida cotidiana pero que aún conservan
en códices, en cuadros, en tapices,
los retratos ilustres de su nobleza antigua.
Ante ellos recordamos lo frágiles que somos,
efímeros y breves frente a esa arquitectura
a cuya dignidad,
hoy lejos de esta tarde de mediados de agosto,
a un tiempo ayer contribuyeran, firmes,
el brillo de las artes y el fuego de la guerra.
Proseguimos, así, empequeñecidos
bajo el blasón dorado de la historia,
el paseo que ahora nos detiene
(quedan atrás los puentes y el perfil
sesgado de fachadas y de cúpulas)
ante una torre en ruinas
cuyos restos indican la subida,
entre pinos, lavandas y acebuches,
hasta la alta atalaya
desde la que turistas y viajeros
contemplan la caída del sol todas las tardes.
Admira allí el silencio de la espera,
la muda expectación de decenas de rostros
que, vueltos tras los setos o instalados
en las gradas de piedra,
aguardan puntuales la precisa
llegada del ocaso.
Y sorprende también,
frente a lo que podría imaginarse,
el vínculo civil con que esta paz concilia
orígenes anónimos y lenguas diferentes
y en la que cada gesto por sí mismo
se eleva y dignifica
conforme al orden natural y justo
que procura el instante.
¿No será esta, tal vez -nos preguntamos-
la virtud despojada de artificio,
la sincera nobleza del espíritu
que leímos en Dante?
Y desviamos entonces la mirada
hasta las torres de la Santa Crocce
bajo las que descansan, más humildes que nunca,
los huesos del poeta.